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Palacio y parque de Fontainebleau

Palacio y parque de Fontainebleau

Isla de Francia (Francia)

  • Autor: info@viajealpatrimonio.com
  • Fecha de publicación: 26 12, 2017
  • Categoría:

Renacimiento parisino


Tan solo a unos kilómetros al sureste de París se extiende el bosque de Fontainebleau. Es un espacio de pinos, robles y grandes rocas de caprichosas formas. En medio del bosque se sitúa el pequeño pueblo homónimo. Nació cuando la realeza francesa se fijó en el bosque como lugar de caza y esparcimiento en la Edad Media y durante siete siglos se convirtió en uno de los sitios más apreciados por la Corona. Fue Francisco I, no obstante, el que cambió para siempre Fontainebleau. Francisco inició su reinado en 1515, en plena expansión del Renacimiento por Europa. Fue un mecenas de las artes y la lengua francesa, humanista, absolutista y protestante. A él se le atribuye la llegada del Renacimiento a Francia y en buena parte es gracias a Fontainebleau. La remodelación de las estancias medievales fue su proyecto arquitectónico más grande. Se convirtió en su residencia favorita, en parte por alojar a su amante Anne de Pisseleu d’Heilly. Muchos sucesores de Francisco continuaron engrosando el número de alas, patios y jardines en un lugar que mira de frente a otros palacios más famosos como Versalles.

Vista del castillo de Fontainebleau

La historia de Fontainebleau arranca en el siglo XII, cuando Luis VII se fija en este agradable entorno de arroyos lleno de posibilidades de caza. El castillo medieval tuvo pocas ampliaciones hasta que Francisco I tomó el mando con la intención de levantar una nueva Roma. Encargó las primeras obras a Gilles le Breton, un arquitecto para el cual el Renacimiento todavía era un exotismo foráneo. Aprovechó la base medieval para levantar un palacio, pero lo más importante ocurre en la nueva galería que conecta las estancias reales con la capilla de la Trinidad del monasterio adyacente. Para decorar esta galería se contrató a los italianos Rosso Fiorentino y Francesco Primaticcio, que desplegaron todo el arte renacentista en sus paredes, en lo que se llama primera escuela de Fontainebleau. En 1540, Francisco complementó las obras al comprar terrenos al monasterio para levantar más alas e iniciar las obras del jardín. Enrique II continuó la obra con el mismo entusiasmo. Entregado ya al manierismo italiano, añade alas, salas y sobre todo las famosas escaleras de entrada en forma de herradura.

Enrique IV fue también uno de los más prolíficos constructores de Fontainebleau. Consciente de que el lugar empezaba a perder homogeneidad, Enrique unificó el estilo de todas las fachadas. También renovó los interiores contratando a una nueva generación de pintores renacentistas, esta vez franceses, en la denominada segunda escuela. Luis XIV añadió poco a los edificios, pero suyo es el gran parterre en los jardines. El rey Sol utilizó frecuentemente Fontainebleau y aquí firmó un absolutista edicto que eliminó el de Nantes, limitando así la libertad religiosa de los protestantes hugonotes. Luis XV y XVI ampliaron los apartamentos para dar cobijo a la cada vez más nutrida corte absolutista, además de levantar el primer teatro. Entonces llegó la Revolución Francesa, que aunque enemiga del lujo extremo de lugares como Fontainebleau, respetó los edificios, aunque no así su mobiliario. Como buen absolutista, Napoleón lo recuperó. Tuvo en alta estima este lugar, pese que aquí firmó su renuncia. El siglo XX vio como Fontainebleau se convertía en escuela de artes y museo, a la vez que se restauraba.

Galería de Francisco I en Fontainebleau

El palacio es un compendio de todas estas remodelaciones y añadidos que en total suman 1.500 habitaciones, varios patios y más de cincuenta hectáreas de jardín. Para admirar el Renacimiento hay que ir a la galería de Francisco I, representante de la primera escuela con sus estucos, maderas y frescos. Los patios Cour Ovale y Cour du Cheval Blanc, hoy Cour d’Honneur, son desde entonces el centro neurálgico del palacio. Al final de la galería Francisco I está la capilla Trinidad, donde está el grueso del barroco de la segunda escuela. En los jardines hubo más sustituciones que añadidos. Lo principal son el gran parterre, el jardín inglés del XIX con la estatua de Diana y las vistas del estanque de carpas con el palacio al fondo.

Fontainebleau está a tan solo 55 kilómetros de París y es un destino muy típico para los fines de semana, así que, si podemos evitarlo, es mejor. Se puede llegar fácilmente en tren, aunque desde la estación hay un trecho. A la ida o a la vuelta podemos parar, no todos los días, en un apeadero en el bosque, para hacer un poco de senderismo por los más de 300 kilómetros de rutas que hay, de las que algunas parten del palacio. También son habituales la escalada, la bicicleta y las rutas a caballo, un animal muy asociado a Fontainebleau por su pasado de caza. Dentro del palacio, el tiempo que dediquemos variará de acuerdo a los museos que visitemos. Hay cuatro: chino, Napoleón I, galería de pintura y galería de mobiliario. Por su originalidad es especialmente recomendable el primero.

Fotos: Phillip GrondinNeil Rickards

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