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París (orillas del Sena)

París (orillas del Sena)

Isla de Francia (Francia)

  • Autor: info@viajealpatrimonio.com
  • Fecha de publicación: 4 07, 2016
  • Categoría:

Encantadora racionalidad


París no es solo una de las ciudades más carismáticas del mundo, sino que además es una ciudad excepcionalmente polifacética. Está la antigua Lutecia romana, la París imperial del Arco del Triunfo, la París revolucionaria de la Bastilla, la París de la moda, la bohemia de los cabarets como el Moulin Rouge, hogar de artistas en el barrio de Montmartre. París la católica, que bien le valió una misa a Enrique IV. París la moderna, que deslumbró al mundo con su torre Eiffel. Una torre rodeada de la París de los grandes bulevares como los Campos Elíseos. París es por encima de todo la ciudad de la luz, que alumbró el humanismo en el siglo XVIII, el de las luces, con sus filósofos y su Enciclopedia. En toda su larga historia de más de 2.000 años ha habido una única constante en París: el río Sena. Cruzado ahora por 37 puentes en el transcurso de la ciudad, todo empieza y todo acaba en París a orillas del Sena.

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Río Sena y torre Eiffel

Ahí se afincaron los parisii, la tribu céltica que da nombre a la ciudad. Ellos controlaban en el siglo III a.C. el comercio regional. Estaban asentados en la isla de la Cité, con un puente a cada lado, cuando llegaron los romanos en el año 52. París adoptó el cristianismo muy pronto cuando su primer obispo, Saint Denis, se negó a renunciar a la nueva fe. Por ello fue decapitado en el monte de los mártires, el Montmartre. La historia de París da un giro radical en el año 987. En ese año, el último emperador carolingio deja paso al reino franco y el elegido para estar al frente es Hugo Capeto. Este elige como capital la de su condado, París. Arranca así la supremacía parisina en tiempos medievales. Se convierte en la ciudad más poblada de Europa. Entonces, el Sena divide la ciudad en dos: marquen izquierda para la universidad y margen derecha para el comercio. Tras las guerras de religión, el absolutismo se instaló en Francia. Un temeroso Luis XIV llevó la corte al flamante palacio de Versalles. Esto no restó enteros a la ciudad, que floreció con la Ilustración y se rebeló con la toma de la Bastilla en 1789. Todo derivó en el reinado del terror y finalmente el ascenso de Napoleón. Pasados los tiempos oscuros, París se desarrolló durante el siglo XIX y XX sin dejar de ser centro de la historia. Así sucedió en la II Guerra Mundial o en mayo del 68.

Casi todos los dirigentes de París han querido dejar su marca. Esto ha ido renovando la ciudad en torno a monumentos que se han mantenido como representantes de cada era. Sin embargo, en el siglo XVI se impusieron estrictas normas de construcción en cuanto a altura de edificios, alineamiento y estilos de fachada. Desde entonces, cada cambio ha sido acompañado de cierta uniformidad: París es una ciudad ordenada. Inicialmente fue una ciudad en torno al río y sus islas, de las que quedan dos. Tras sucesivos ensanches, el que domina hoy es el de Georges-Eugène Haussmann. Este arrasó el poblado e insalubre centro medieval para abrir grandes avenidas. Entre las visitas imprescindibles está Notre Dame, cuyas obras arrancaron en el 1163 en la isla principal del Sena. Es uno de los ejemplos más finos del gótico francés. Escapa del románico a base de naturalismo, vidrieras, arbotantes y muchas gárgolas que hoy le dan su imagen más famosa, con la colaboración de Viollet-le-Duc en el siglo XIX. La Sainte Chapelle, construida en 1239 para albergar reliquias de la corona de espinas de Jesucristo, es uno de los mejores ejemplos de gótico radiante. De mucho tiempo después es el Sagrado Corazón. Se levantó en el siglo XIX en la cima del Montmartre para honrar a los soldados de la guerra contra Prusia.

Notre Dame sobre la isla de la Cité

Notre Dame sobre la isla de la Cité

Por encima de todos los monumentos de Francia y transformado en icono mundial está la inicialmente controvertida torre Eiffel. Concebida para la exposición mundial de 1889, en la que funcionó como arco de entrada, es la obra cumbre de la arquitectura de hierro forjado. Cuenta con 7.300 toneladas de este material. Sirvió para encumbrar a Gustave Eiffel, que no la diseñó inicialmente. Sí la levantó contra viento y marea, ridiculizado por los que decían que era una monstruosidad. Fue todo un desafío para los ingenieros, sobre todo en la instalación de los ascensores y el control del vaivén producido por el viento. Al final, sus 324 metros se convirtieron en la estructura más alta del mundo durante 41 años. También en símbolo del progreso humano. Curiosamente, la idea inicial era desmantelarla veinte años después de su construcción. Claro, que el mito ya estaba creado y los planes se revirtieron.

La almendra principal de París cuenta con 2,8 millones de habitantes. Son muchos menos que en la suma de suburbios, pero también muchos menos que los millones de turistas que la visitan cada año. Entre los treinta millones anuales destacan los estadounidenses, que aprecian especialmente París. Hay muchas cosas que hacer en la ciudad. Una semana es un tiempo razonable para quedarse satisfecho. Hay muchos museos tan relevantes como Louvre y Orsay. Hay un gran río por el que hacer cruceros. Hay muchos restaurantes para probar la cocina de una de las capitales gastronómicas del mundo. Sobre todo en la alta cocina, algo que se traduce en multitud de estrellas Michelin. También hay moda: dos veces al año, al comienzo de cada temporada, se celebra la Paris Fashion Week. El verano es la mejor época para ir. También podemos aprovechar junio para coincidir con el Roland Garros. Todos los caminos llevan a Roma, pero también a París, que cuenta con dos aeropuertos y la principal estación de tren del eficiente TGV francés.

Foto: Loïc Lagarde / Guillén Pérez

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