Blanco y turquesa al 50%
Las distintas combinaciones de clima, geología, geografía y vegetación producen paisajes de todo tipo, en algunos casos únicos. En los desiertos suele haber dunas y en los oasis tenemos agua, pero combinar ambas cosas y quitarle toda la vegetación es algo único de los Lençóis Maranhenses. Igual que otros fenómenos efímeros estacionales, este paisaje solo es posible durante unos meses al año, los que tarda en evaporarse el agua almacenada durante la época de lluvias. Contribuyen además una estación húmeda especialmente intensa por la latitud del lugar e imprescindible una base de piedra impermeable que permite que el agua se quede embalsada hasta su evaporación. Como en otros paisajes en los que la hidrología juega un papel fundamental, estamos también ante un fenómeno relevante desde el punto de vista geomorfológico e irresistible desde la pura estética gracias a la combinación del color blanco de las dunas con el azul turquesa de sus pequeñas lagunas y el mar de fondo.
Viajamos a la costa norte brasileña, en una zona de transición entre Amazonas, Cerrado y Catinga, tres biomas ordenados de mayor a menor humedad. En el periodo Cuaternario, hace tan solo unos 10.000 años, la combinación de sedimentos de origen marino con los vientos fue creando un mar de dunas tras una amplia playa que ocupa ochenta kilómetros de costa. Invaden hasta 25 kilómetros hacia el interior ganando altura, con ejemplares de hasta treinta metros. Conforman la mayor extensión de dunas de toda Sudamérica, aunque en su centro tiene un par de áreas de restingas: Queimada do Britos y Baixa Grande. Son zonas de vegetación formada por arbustos y árboles pequeños capaces de prosperar en suelos de nutrientes limitados. Todo esto sería atractivo visualmente de por sí, pero geología e hidrología marcan la diferencia. La segunda viene influida por la latitud de los Lençóis Maranhenses, que les hace recibir muchas más lluvias de lo habitual en zonas áridas que suman a los cursos fluviales que desembocan aquí.
Todos estos factores hacen que las lluvias de la primera mitad de cada año generen multitud de pequeñas lagunas entre las dunas. De máximo tres metros de profundidad, tienen formas alargadas en paralelo a las dunas y pueden medir hasta cien metros de largo si no se interconectan entre sí, cuando podemos hablar de kilómetros. También varían en colores, creando un paisaje en el que poco menos de la mitad es agua y el resto es arena. Cuando las lluvias dejan de llenar las lagunas, estas empiezan a secarse a un ritmo de un metro al mes, de forma que al final de año el paisaje apenas conserva alguna pequeña balsa de agua. Justo entonces se reinicia un ciclo marcado por las lluvias de cada año del que dependen especies como el pez lobo, capaz de adaptarse a la estación seca. Cuando el agua desaparece, este pez se entierra en capas de lodo y permanece hibernado hasta que vuelven las lluvias. Los Lençóis Maranhenses también reciben, como especies en cierto riesgo de extinción, aves como el ibis y mamíferos como nutrias, manatíes y tigrillos.
Los alrededores de los Lençóis Maranhenses han estado habitados por comunidades tradicionales con actividades sostenibles como agricultura, ganadería y pesca. No sabemos qué europeo las avistó primero, pero la zona empezó a atraer la atención a mediados del siglo XX por sus particularidades, lo que derivó en el nombramiento como Parque Nacional en 1981. Ya en nuestro siglo, uno de los científicos más especializados en la investigación de las dinámicas de las dunas y las lagunas ha sido el pernambucano Eric Parteli. Junto a sus colegas analizó los ciclos de lluvias, nivel freático y vientos que permiten la existencia de este paisaje. Para conservarlo, el nombramiento de Parque Nacional fue fundamental y asegura las condiciones en el entorno de las dunas. En estos momentos, aparte del cambio climático que puede desequilibrar el frágil equilibrio del lugar, el turismo es la principal amenaza, aunque dentro de un margen de seguridad más que suficiente.
Los Lençóis Maranhenses se han convertido en una de las principales atracciones de la región de Maranhao, que en todo caso no está entre las más turísticas al estar lejos de las grandes ciudades brasileñas. La ciudad de referencia es São Luís, que no obstante está unas cuatro horas al oeste, así que es necesario hacer noche cerca del Parque en alguna ciudad como Barreirinhas o, si queremos algún tour menos masificado, Atins. En ambos casos es necesario contratar una excursión con 4×4 y guía. Las hay para todos los gustos, incluyendo baño, paseos a caballo, quads, kayak, senderismo, etc. La mejor manera de acabar el día es viendo la puesta de sol con los reflejos en las lagunas. Este lugar pierde mucho si estas están secas, así que la temporada para venir es de mayo a septiembre.
Fotos: Julius Dadalti / Danielle Pereira



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