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Series de frescos del siglo XIV en Padua

Series de frescos del siglo XIV en Padua

Véneto (Italia)

Profunda emoción


Utilizamos renacentista para referirnos a un estilo artístico en una etapa temporal concreta. Como toda etiqueta, la realidad no es tan estática. Hay quien dice que Giotto di Bondone fue el primer renacentista pese a que antecede en un siglo lo que comúnmente englobamos dentro del Renacimiento. En todo caso, Giotto supuso un inmensurable salto cualitativo en la pintura occidental. Aunque en su época había artistas que estaban amagando un despegue del encorsetamiento bizantino, lo de Giotto es complicado de asimilar. Inspirado por la vida misma, en sus frescos quiso plasmar la realidad tal cual. Sus escenas están vivas gracias a la habilidad y sensibilidad de Giotto para aportar profundidad y emoción, dos conceptos que el Renacimiento amplificaría. Giotto dejó su obra maestra en el interior de la capilla Scrovegni de Padua. A comienzos del siglo XIV, fue la mejor forma de iniciar un brillante siglo para esta ciudad del norte de Italia que albergó a pintores que siguieron su estela.

Interior de la capilla Scrovegni en Padua

De muy antigua fundación, Padua empezó a recuperar su estatus durante el siglo XII, cuando también inició una serie de conflictos con vecinos como Vicenza, Venecia y Verona. Los Scaligeri de la última gobernaban la ciudad cuando Giotto pintó la capilla Scrovegni, pero poco después Padua recuperó su independencia con el ascenso de los Carraresi. Con ellos, Padua vivió su última gran etapa apoyada tanto en el comercio como en el conocimiento y las artes, ambos al calor de la universidad fundada en 1222. Fue una era de intenso patronazgo artístico por las clases altas: nobles, clérigos y la propia casa Carraresi. Se levantaron nuevos edificios o secciones de otros anteriores destinados expresamente a alojar colecciones de frescos que pusieron a Padua en la punta de lanza del fresco medieval. En ellos, artistas de la talla de Giusto de’ Menabuoi y Altichiero da Zevio continuaron el brillo que Giotto dejó en la ciudad. Padua cayó a manos de Venecia en 1405 y nunca volvió a tener la misma relevancia. 

Envuelta en leyendas, poco sabemos de la vida de Giotto. Rondaría los cuarenta años cuando acometió su obra definitiva. Un banquero de Padua, Enrico Scrovegni, le contrató para decorar la capilla familiar anexa a su palacio. Giotto llegó con su equipo de unos cuarenta colaboradores sobre el 1303 y destinó unos dos años. La pequeña capilla, de insulso exterior, cuenta con una estrecha y alargada nave de 21×8 metros por doce de altura. Se entra por el lado suroeste, donde está el Último Juicio, frente al que está un pequeño ábside. A los lados quedan los ciclos que cubren las vidas de Jesucristo y la Virgen, bajo los que quedan las representaciones monocromas de las Siete Virtudes y Pecados. El techo abovedado deslumbra con su intenso azul que representa un cielo estrellado con la Virgen y Jesucristo como dos grandes soles. Más allá de los debates sobre el simbolismo o inspiración de Giotto, la relevancia de Scrovegni está en la complejidad de las escenas, planificadas cuidadosamente, ejecutadas con maestría y cargadas de detalles que avanzaron la pintura occidental del siglo XV.

Interior del Palazzo dalla Ragione en Padua

Giotto sembró en Padua una semilla que floreció ese siglo. Los otros dos puntos de referencia son el Palazzo dalla Ragione y la basílica de San Antonio. En el primer grupo destaca el inmenso Palazzo, una joya tanto arquitectónica como artística. La inmensa única nave superior fue concebida por los venecianos, que la reformaron tras un fatal incendio en 1420 que arrasó una excepcional colección de frescos, recreados después, en la que colaboró Giotto. Cerca se encuentra la logia de los Carraresi, con valiosos frescos de Guariento, aunque superados por los del baptisterio de la catedral. Obra maestra de Giusto de’ Menabuoi, fueron elaborados sobre 1375. Aunque comparten esquema conceptual con Giotto, la rigidez emocional de las figuras recuerda al arte gótico. Giusto colaboró en la basílica de San Antonio, principal iglesia de Padua por su peregrinaje. De ecléctico estilo, entre sus capillas destaca San Giacomo. Aquí se encuentra la Crucifixión, obra maestra de Altichiero da Zevio donde podemos advertir la influencia de Giotto.

La mejor manera de venir a Padua es por carretera o tren desde su antiguas ciudades rivales: Vicenza, Verona y Venecia. Es factible hacer las visitas en un apretado día en el que, como mínimo, tendremos que acercarnos a la capilla Scrovegni, baptisterio, Pallazo dalla Ragione y San Antonio. Si queremos profundizar, tenemos frescos del XIV también en la iglesia de los Eremitas, logia Carraresi y oratorios de San Jorge y San Miguel. Más allá de los frescos están el Orto Botánico y la enorme plaza de Prato della Valle. El Museo Cívico de Padua es el responsable de las visitas a Scrovegni, la parte más farragosa. Las visitas son pautadas y conviene reservar con antelación. Tras quince minutos de aclimatación tendremos otros quince para ver la capilla.

Fotos: Juan Antonio Segal / Stefan Bauer

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