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Tasili n’Ajer

Tasili n’Ajer

Tamanrasset y Illizi (Argelia)

Otro Sáhara


La escala geológica nos sitúa en un orden temporal en el que es difícil apreciar cambios geográficos. Sin embargo, alguno de ellos son más recientes de lo que imaginamos. Los Ciclos de Bond marcan cambios climáticos observables cada aproximadamente milenio y medio. Hace 5.900 años hubo un cambio de ciclo que afectó especialmente al Sáhara. En muchos sentidos, el desierto que conocemos hoy arrancó entonces al finalizar el denominado Neolítico subpluvial. Las condiciones de aridez habían sido desde cuatro milenios antes muy diferentes. El ecosistema tenía más que ver con el Sahel actual: una sabana apta para una vida mucho más rica, incluidas comunidades de Homo Sapiens mucho más nutridas que ahora. Un lejano recuerdo se puede ver en el monte xerófilo del Sahara occidental de Tasili n’Ajer. Aquí, gracias a la altitud y la retención de agua, la vida bulle ligeramente más. Lo hace entre los restos que dejaron aquellos humanos primitivos, especialmente una de las colecciones de arte rupestre más espectaculares del mundo.

Amanecer en Tasili n’Ajer

Las montañas Hoggar, al sur de Argelia, conforman una de esas zonas altas, siempre por encima de los mil metros y por debajo de los 3.000. Al noreste se localiza Tasili n’Ajer, una meseta que se queda en los 2.158 metros del Jebel Azao. El lugar se traduce como meseta de los ríos en referencia a la multitud de uadis, valles secos que tienen agua como mucho estacionalmente. Todos confluyen en uadi Imirhou, cuyo antiguo curso muere en la zona de dunas de Erg Issaouane. La mejor forma de apreciar Tasili n’Ajer es desde el espacio, donde se perciben las cicatrices de estos uadis en el árido terreno. No obstante, al bajar veremos otro tipo de señales: las que ha dejado la erosión. La arenisca volcánica de la meseta ha ido dibujando extrañas y bellas formas como cientos de arcos de piedra y bosques de piedra. Dada la escasa vegetación actual, el aspecto es marciano. La excepción la suponen zonas donde la humedad se recoge mejor y la altitud concede temperaturas más suaves. Son principalmente las gueltas, depósitos de agua que son un imán para flora y fauna.

La vasta extensión de Tasili n’Ajer, 72.000 kilómetros cuadrados, sirve en primer lugar para proteger esta sensible flora, superviviente del Mediterráneo. Algunas como el ciprés sahariano o el mirto sahariano son extraordinariamente valiosas. No son suficientes para evitar que estemos en uno de los lugares menos densos del planeta, solo apto para unos tuareg que caminan por el fondo de los valles buscando vegetación para sus rebaños. Durante el Neolítico subpluvial las cosas eran diferentes. Los primeros rastros nos llevan 12.000 años atrás, aunque la población despunta hace 8.500. Son pueblos nómadas provenientes del sur que recorren Tasili n’Ajer cazando y recolectando primero, con su ganado después. El arte rupestre que dejaron fue descubierto en 1933 y analizado intensamente en los años 60 por el especialista francés Gabriel Camps. Con el tiempo se pudieron datar las pinturas, que llegan hasta los primeros siglos de nuestra era.

Arte rupestre en Tasili n’Ajer

No soy hay arte en Tasili n’Ajer. El registro arqueológico es amplio e incluye restos de sencillos asentamientos y túmulos funerarios. Han permitido dibujar una sociedad avanzada en el uso de herramientas líticas y cerámica. No obstante, las 15.000 pinturas y petroglifos diseminados por Tasili n’Ajer son su mayor atractivo. Son tan numerosos y abarcan tanto tiempo que se han organizado en etapas que permiten ver la evolución del lugar. La primera, más naturalista, representa la fauna local. La segunda, arcaica o de cabezas redondas, es de hace 10.000 años, una época más húmeda con pinturas más rituales. La tercera es la bóvida, con motivos nuevamente naturalistas de ganado. Es la más prolífica y brillante. Las dos últimas etapas representan respectivamente el caballo y el camello, dejando ver claramente la evolución a un ecosistema árido. Geográficamente, la zona más brillante se localiza justo al este de Djanet.

Pese a la cercanía a Europa y lo espectacular del viaje, lo cierto es que Tasili n’Ajer apenas es visitado y las complicaciones políticas al otro lado de las fronteras no han ayudado. La ciudad indicada para volar es Djanet, donde está el museo de Tasili. Es mejor llevar algo previamente reservado, pues encontrar guías tuareg no será sencillo. Hay excursiones de solo un día, pero lo suyo es destinar al menos una semana a viajar en 4×4, camello o andando por  Tasili n’Ajer. La última opción es la más habitual y se llevan burros para portar el equipaje, pues dentro del Parque no hay campamentos y cada noche se improvisa. En el camino se alternan paisajes y pinturas rupestres. Ya que volamos hasta Djanet es buena idea complementar con las montañas Hoggar. Es casi imprescindible venir en invierno por el calor.

Fotos: Chettouh Nabil / Anónimo

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