Karst sudamericano
Geológicamente, Sudamérica es un continente de larguísima historia gracias a sus cratones, formaciones emergidas hace miles de millones de años. Por su contexto, Sudamérica no destaca en regiones kársticas. Regiones como los Andes, dominada por su vulcanismo, o la cuenca amazónica, no dejan mucho espacio al karst, que se presenta en islas de terreno. Además, al asentarse sobre estos cratones de alta estabilidad, el karst evoluciona casi exclusivamente por sus propias dinámicas. Un cratón es el de São Francisco, cuya formación se inicia hace unos 3.000 millones de años. Estabilizado paulatinamente e incorporado a otros fragmentos emergidos para formar continentes, los últimos 500 millones de años han sido la base para uno de los sistemas kársticos más extensos y ricos del continente. Equiparable en belleza a otras regiones tan espectaculares como el karst del sudeste asiático, destaca la zona del cañón del río Peruaçu. Enclavado en una región minera, cuevas como Janelão recuerdan a Song Doong, la célebre cueva vietnamita.
El río São Francisco vertebra lo que se conoce como Velho Chico, región interior brasileña de desarrollo menos explosivo que la costa durante la era colonial. De aquí el nombre del cratón por extensión a toda una región en la que este río suma la apreciable longitud de casi 3.000 kilómetros. El Peruaçu es uno de sus numerosos afluentes, pero con apenas 150 kilómetros no es de los más destacados. Sin embargo, su cuenca es famosa por la belleza del paisaje kárstico que atraviesa formando cañones y cuevas. Estas suman unas 250 de distinta longitud, aunque siempre bajón un patrón horizontal en el que son habituales las dolinas formadas por el colapso del techo de una cueva. No en vano, algunas llevan tanto tiempo en proceso que han formado cámaras de cien metros de altura, suficiente para alojar grandes edificios. Otro ejemplo son algunos espeleotemas de récord como una estalactita de Janelão de 28 metros. Esta cueva es sin duda la más famosa por su amplitud, aunque otras rivalizan en belleza como Gruta Bonita.
Otra característica del cañón del Peruaçu es su localización en el cruce de caminos de tres de biomas brasileños: el frondoso bosque atlántico, la sabana del Cerrado y la más árida caatinga. Juntas suman más de mil especies de flora diferentes y fauna de interés como el lobo de crin, puma, jaguar, ocelote y avifauna relevante. La vegetación es parte integral del paisaje de las cuevas. En la zona de Janelão, el verde domina formando paisajes de una belleza que rivaliza con las cuevas más bonitas del planeta. En parte por el protagonismo del río Peruaçu, que en su recorrido desciende unos 200 metros durante 17 kilómetros formando cuevas, dolinas, bosques de piedra, arcos naturales, precipicios y todo tipo de formaciones kársticas atractivas. Se trata de un paisaje puramente fluviokárstico por la escasa influencia de otros factores. Así fue desde sus inicios, cuando todas las formaciones estaban bajo tierra antes de emerger durante el plio-pleistoceno, unos cinco millones de años atrás.
Mucho tiempo después, algunos de los primeros pueblos que ocuparon el continente descubrieron las cuevas de Peruaçu. Es fácil imaginar la fascinación que sintieron, pero la podemos intuir con el copioso arte que dejaron. Peruaçu es relevante también en este sentido, pues cuenta con pinturas rupestres de unos 12.000 años, entre las más antiguas del continente americano. Estos grupos de cazadores-recolectores dejaron motivos de figuras animales y humanas en escenas de caza y símbolos geométricos. Como en este tipo de cuevas, se estima que estas se utilizaban de manera puntual con motivos rituales y no como hogar. El paso de los milenios vio pasar a distintos indígenas hasta el presente, con los quilombola de la cultura Xakriabá como protagonistas. Las cuevas fueron conocidas por distintos europeos que hablaron de su belleza, pero el verdadero impulso de investigación llegó con el descubrimiento de las pinturas rupestres. En todo caso, el entorno del cañón fue protegido por sus valores naturales y arqueológicos en el año 2000.
Las actividades humanas no suponen una grave amenaza para Peruaçu, tampoco el turismo, que se maneja en números modestos. La principal razón es la lejanía a cualquier punto no ya solo turístico, sino con densidad de población. El núcleo más cercano es Itacarimbi, que se encuentran unas tres horas al norte del aeropuerto más cercano. En esta población podemos contratar transporte para llegar al cercano Parque, pero más importante contactar con uno de los guías autorizados, requisito imprescindible para entrar a las cuevas. Es también muy recomendable entrar con repelente de mosquitos y mucha agua, pues la humedad es intensa. Dadas las distancias a otros lugares y la extensión y variedad de paisajes, es conveniente reservar dos días de senderismo para conocer los principales puntos. La mejor época para visitar Peruaçu es en los meses de diciembre, enero, julio y agosto.
Fotos: Ataliba Coelho / Allan Calux



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