Miles de años y petroglifos
Hace unos 65.000 años que los Homo Sapiens cruzaron el estrecho de Torres y llegaron a Australia. Se dividieron en multitud de tribus con puntos en común como la ausencia de agricultura. Si los procesos de colonización son un shock para los indígenas, es fácil imaginar hasta qué punto lo fue aquí, con una diferencia tecnológica abismal. La aculturación de los aborígenes fue radical, hasta el punto de que hoy solo una pequeña parte mantiene el estilo de vida precolonial. Lo mismo ocurrió en temas religiosos con la labor misionera, aunque en este caso los aborígenes mantuvieron vivas ciertas tradiciones. Es relevante la conexión con lugares físicos, lo que ha llevado históricamente a conflictos entre la posesión ancestral frente a intereses y legislaciones modernas. Un ejemplo paradigmático lo encontramos en la península Burrup e islas circundantes. Por un lado es un núcleo industrial extractivo clave para la Australia moderna, pero también es el corazón indígena de Murujuga, incluidos miles de petroglifos de gran valía.
Pilbara es una región natural de excepcional antigüedad, tanto que da nombre a un cratón emergido hace unos 3.500 millones de años. Tanto, que aquí está registrado el primer impacto de un cráter sobre el planeta. Hoy es un árido lugar marcado por su tierra roja cuya biodiversidad principal se encuentra en la costa. Bahías rocosas y archipiélagos se suceden en puntos como Burrup, hoy península tras haber sido enlazada al continente por los colonos australianos. Al contrario que otros lugares de Pilbara, en Burrup no hay minería, pero es clave en la industria moderna porque aquí se encuentra la gestión del gas que se extrae mar adentro. En tierra, este gas se licua para su traslado o se transforma en productos como fertilizantes o nitratos para el uso de explosivos. Todo ello en un contexto natural de gran belleza una vez que dejamos atrás las fábricas: tanto la península como el archipiélago Dampier se encuadran en un mar de color turquesa en las que podemos ver delfines, ballenas, dugongos y tortugas.
La gestión de Murujuga se basa en una serie de normas y narrativas denominadas lore que fijan los grupos de aborígenes Ngarda-Ngarli. Esta denominación es relativamente moderna y responde a una forma de englobar grupos tradicionales como los Ngarluma y Yindjibarndi. Todos reconocen un grupo común que se asentó en Murujuga desde hace 50.000 años hasta la colonización: los Yaburara. En tan largo periodo han ocurrido cosas como la subida del nivel del mar, por lo que la mayor parte del paisaje cultural ancestral está bajo agua, incluidos restos de campamentos y sitios de pesca. Otra parte relevante del patrimonio de Murujuga es el inmaterial, que incluye canciones, historias y conocimiento asociado al lugar y propagado durante generaciones. Los Ngarda-Ngarli gestionan, entre otros, el uso de varios Thalu como lugares para realizar rituales. Los primeros contactos con europeos llegaron en el siglo XVII, aunque el XIX fue el punto de inflexión con la llegada de ganaderos, el robo de tierras y los trabajos forzados en la recolección de perlas.
La segunda ola de colonización llegó con la industria del gas, cuando la costa se modificó violentamente y la población colona se multiplicó. Apenas quedaban aborígenes cuando en 1993 se reconocieron sus derechos de posesión, lo que ha revertido parcialmente la situación. El equilibrio es complejo y no se sabe hasta qué punto la actividad moderna daña el principal legado emergido de Murujuga: sus petroglifos. Destacan tanto por la tremenda densidad, con más de un millón de motivos, como por su continuidad temporal, pues los primeros cuentan con más de 40.000 años. Muchos responden a motivos de caza, tanto escenas, como figuras de animales marinos y figuras humanas. Su evolución refleja cambios climáticos y de actividad. En la tradición aborigen, estos estilizados petroglifos fueron realizados por los Marrga, espíritus de las tribus, como recuerdo del orden natural de Murujuga.
Viajar hasta Murujuga es costoso incluso para estándares australianos, pero es simple: un vuelo hasta Karratha desde Perth nos dejará cerca del sitio. Podemos llegar con vehículo privado hasta el Parque Nacional y decidir si hacemos una visita sencilla en el área de Ngajarli, una garganta que cuenta con una pasarela de madera y paneles interpretativos para los petroglifos, o queremos ir más allá. En este segundo caso es necesario contactar con la Murujuga Aboriginal Corporation para pedir permiso y acceder a otras zonas con guía. Podemos también hacer un tour en barco, con o sin buceo, por el archipiélago Dampier, o acabar el día descansando en la playa de Hearson’s Cove, famosa entre los locales. Nunca hace frío para ello, así que la época más suave en cuanto a calor es entre mayo y septiembre. Coincide también con el famoso fenómeno natural del reflejo de la luna llena en Hearson’s Cove.
Fotos: A. Stevens / Neil McCabe



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