Ruta no conversa
Cuando los españoles fueron conquistando tierras americanas lo hicieron acompañados de misioneros que complementaban la victoria militar con la aculturación religiosa. A largo plazo, el éxito fue incontestable y hoy el cristianismo impera, aunque hay matices. El primero es el sincretismo, práctica en la que se mezclan creencias y ritos prehispánicos con cristianismo. También hay pueblos que se han resistido y mantienen una fe y cosmogonía propias. En México son unos dos millones de practicantes con ejemplos como los wixárika, también denominados huicholes. Aproximadamente unos 50.000, viven en los estados de Nayarit y Jalisco, al noroeste de la capital. Practican una religión chamánica sin apenas influencias cristianas ni modernas, que les sirve como símbolo de identidad difícil de igualar. Entre sus tradiciones religiosas más conocidas están el uso del peyote y una ruta anual que les lleva 500 kilómetros al noreste hasta el desierto de Chihuahua, donde según ellos nació el sol.
La historia de los wixárika nos habla de la resiliencia que han tenido frente a otros grupos, incluidos los españoles. No es fácil trazarla por la ausencia de escritura, pero una combinación de fuentes orales, arqueológicas, lingüísticas, etnográficas y crónicas ajenas nos ayuda. Por su familia lingüística, yuto-nahua, proceden del norte, aunque no necesariamente del desierto de Chihuahua donde peregrinan. La clave de su resiliencia son las montañas de Sierra Madre Occidental, donde se hicieron fuertes frente a otros pueblos. Mantuvieron una agricultura de subsistencia y caza y recolección complementarias bajo una distribución espacial y social basada en rancherías de pequeña entidad que se enlazaban por redes de parentesco. La abrupta geografía y la ausencia de grandes núcleos hizo que pasaran bastante inadvertidos, aunque sí adoptaron parcialmente ritos cristianos y también sufrieron la entrada de enfermedades occidentales. Con influencias exteriores, hoy mantienen vivas sus costumbres y lengua, un ejemplo de continuidad cultural como ningún otro en México.
Para los wixárika, la religión es parte fundamental de su identidad. Las comunidades están encabezadas por su marakame, chamán experimentado que sirve de guía espiritual a la comunidad y al que se elige tras un largo proceso de entrenamiento. Se calcula que son alrededor de un centenar. Los marakate son los responsables de preparar la ruta anual, que se celebra sin fecha fija alrededor de primavera, eligiendo en el proceso a los peregrinos. Entre ellos destacan los jicareros, responsables de portar los recipientes sagrados a utilizar en los rituales. Estos son numerosos en la ruta, que dependiendo de si se realiza completa o parcialmente a pie dura hasta seis semanas. No todos la realizan ni lo hacen con los mismos roles. Generalmente es destinada a hombres y mujeres adultos que tienen el visto bueno de la comunidad y han realizado un proceso de purificación. Todos los pueblos confluyen y llegan al desierto buscando el peyote, encarnación del venado azul y vehicular en los ritos finales.
La ruta no es solo un camino, sino un mapa espiritual con distintos puntos de relevancia. No son templos o estructuras, sino puntos naturales que sirven como referencia a los wixárika para sus rituales: cuevas, manantiales, rocas, cerros, etc. El mismo punto final, Wirikuta en Raúnax, es un cerro que funciona como altar natural en cuyos alrededores se distribuyen manantiales y zonas para recolectar el peyote. Lo mismo ocurre en la costa de Pacífico, de donde proceden los dioses, donde una gran roca sirve de referencia para recoger el agua de mar para los rituales. Sí encontramos legado arquitectónico en las aldeas wixárika de la Sierra Madre Occidental, aunque modesto. Se trata de los xirikíes, centros ceremoniales compuestos por un templo rectangular de madera y piedra en el que se guardan las jícaras y se realizan rituales comunitarios. Destaca el de Teeacata, cerca de la comunidad Tuapurie, punto de partida común para los peregrinos. A un nivel más familiar, otras estructuras son las tuquipas, templos circulares de adobe.
Los wixárika han ido ganando presencia entre el turismo internacional por su carácter exótico, al tratarse de un pueblo virtualmente virgen de influencias exteriores, y por su artesanía, que hoy complementa la economía de muchas rancherías. El problema es la trivialización que puede conllevar este turismo, sobre todo si se hace sin contar con los propios protagonistas. Lo más recomendable es contactar con algún ayuntamiento o casas de cultura wixárika cercano como el de Mezquitic o Huejuquilla para solicitar la visita, que implicará desplazamiento en 4×4 a la ranchería y pernoctar en una vivienda familiar. Una vez allí es habitual tomar parte en algún ritual público, participar en talleres de artesanía y dar algún paseo interpretativo por la región. También se puede realizar alguna visita parcial de la ruta y su punto final en Wiricuta. Si queremos algo más modesto, podemos buscar por la región talleres o cooperativas de arte wixárika.
Fotos: Kauyumarie / Totupica Candelario



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