Icono romántico
La de Luis II de Baviera es una de las historias reales más controvertidas. Incapacitado legalmente en base a un supuesto problema psiquiátrico, la extravagancia guió su vida. Ascendió al trono en un contexto de profundos cambios políticos en Alemania por el proyecto de unificación. Su creciente desapego de la vida política y cortesana le llevó a un aislamiento que solo rompían figuras también cinematográficas como Sissi. Su principal influencia, no obstante, fue la del compositor Richard Wagner. La representación de Lohengrin impactó a Luis II hasta el punto de convertirse en su mecenas. Implicado en la construcción de una mitología germana, no solo impulsó el festival de Bayreuth, sino que inició un programa arquitectónico inspirado en los escenarios de sus obras. Es la vuelta de tuerca del romanticismo e historicismo que respiran los palacios que distribuyó entre las montañas bávaras, un programa constructivo extravagante y excesivo. Las deudas contraídas fueron, de hecho, razón para su abrupto final.
En 1864, Luis II asciende al trono por la repentina muerte de su padre y rescata a Wagner de la ruina. Esta relación marca tanto los intereses de Luis, como su desafección a una corte que desdeña a Wagner. Tras romper un compromiso conyugal y ver supeditar la política exterior a Prusia, Luis se concentra en sus proyectos. Inspirado por la imagen de castillos medievales como Hohenschwangau y Wartburgo, solicita un primer boceto para Neuschwanstein al escenógrafo, que no arquitecto, Christian Jank. Eduard Riedel traslada a la realidad un proyecto que crece desmedidamente, tónica habitual de sus proyectos. Sin acabar su castillo más famoso, en paralelo compra nuevos terrenos y acomete el resto. Se van abriendo estancias, pero Luis solo ve terminar en vida Linderhof y Schachen. Cambios de arquitectos y una creciente deuda no le detienen hasta que en 1886 Luis muere en extrañas circunstancias una vez depuesto. Poco después, Neuschwanstein abre al público para intentar paliar sus deudas.
Este palacio castillo es el más audaz y ambicioso de Luis II, tanto que se ha convertido en icono de Baviera y del historicismo romántico tardío del siglo XIX. Su posición sobre un espolón rocoso, las vistas que ofrece desde el puente de la reina Maria, su pretendida asimetría buscando transmitir un falso crecimiento orgánico y sus puntiagudas torres blancas como la del donjon no tienen nada que ver con el funcionalismo de un castillo medieval, pero remiten a esta época con un filtro de nostalgia. Una vez pasado el patio central, los interiores son tanto un prodigio adelantado a su tiempo en cuanto a ingeniería como un programa iconográfico completo de la obra de Wagner, con espacios diferenciados según los ciclos narrativos. La sala del trono es la más grandiosa al reunir columnas de pórfido y mármol con suelos de mosaico y paredes con frescos. No se llegó a instalar nunca trono alguno, buen reflejo de la personalidad de Luis.
El otro estilo de referencia para Luis entronca con su obsesión por el absolutismo francés. De ahí nace el proyecto de Herrenchiemsee, que buscaba replicar Versalles sobre la isla de un pequeño lago alpino. Inconcluso, dio tiempo a levantar un ala completa a imitación de la galería de los espejos, pero con mayor longitud: 98 metros. Sus numerosas lámparas de araña iluminaban las noches de Luis, cuando más hacía vida. Más modesto es Linderhof, concebido para su solitaria vida. En estilo rococó tardío y color blanco, destacan sus jardines y la gruta de Venus excavada en la ladera. Iluminada eléctricamente, una innovación entonces, servía de decorado para la representación de óperas. Más desconocida es la casa de montaña alpina de Schachen. Austera en su exterior, su juego de contrastes es intenso, pues en el interior nos deslumbra una lujosa sala decorada en estilo otomano. Luis subía aquí en sus cumpleaños, que celebraba en solitario.
Todos los palacios de Luis II se encuentran en el sur de Baviera, aunque Herrenchiemsee está bastante más al este que los otros tres. Es ideal en el trayecto entre Múnich y Salzburgo y el pequeño desplazamiento en barca que exige hace la visita más romántica. Comparte billete único, si queremos, con Neuschwanstein y Linderhof, que distan entre sí unos 45 minutos por carretera, lo que hace factible la visita en el mismo día. Para el primero hay que gestionar la logística bien: reservar entradas con antelación y llegar a Hohenschwangau, al pie del castillo, al menos una hora antes pensando en la subida hasta el castillo. Ya dentro, las visitas son necesariamente guiadas, como en Linderhof y la gruta de Venus, muy recomendables. Visitar Schachen es un proyecto más ambicioso: implica dejar el coche en Garmisch-Partenkirchen, atravesar la garganta Partnachklamm y ascender mil metros hasta sus puertas, donde hay visitas guiadas. Hay un refugio de montaña, Schachenhaus, por si queremos hacer noche. Es imprescindible venir en verano, algo recomendable para los cuatro.
Fotos: Geoff Henson / holgi



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