Balleneros tempranos
Al ilustrar cómo las sociedades prehistóricas podían cazar grandes mamíferos, la escena más habitual suele tener como protagonistas a los mamuts. Encarnan todos los componentes para imaginar una sociedad avanzada de cazadores organizados, pero había especies aún más retadoras. La caza de ballenas es una actividad que en sociedades medievales era arriesgada, no digamos ya para pueblos prehistóricos, pero resultaba enormemente lucrativa: carne, grasa y huesos eran aprovechados como alimentación, combustible y materia prima para distintas herramientas. Está consensuado que los primeros cazadores de ballenas se situaron en el mar de Japón. Cazadores muy avanzados se basaron en un estudio minucioso de las rutas migratorias y costumbres de las ballenas, la construcción de embarcaciones robustas y arpones con barbas retráctiles y, sobre todo, una sofisticada organización del trabajo en equipo. El consenso alrededor de la caza se apoya en registro arqueológico y muestras artísticas como los petroglifos de Bangucheon, donde hay escenas inequívocas.
Nos situamos en la Prehistoria coreana, desde el quinto milenio a.C. hasta el primero a.C. El Neolítico, con el mijo como cultivo protagonista, domina en el suroeste e interior de la península, pero no en la costa oriental. En una región más aislada, montañosa y fría, aquí resisten pueblos entregados a las actividades marítimas. No están menos avanzados: simplemente no necesitan la agricultura porque el mar les provee de sobra. Montan pequeños poblados estacionales y se desplazan según lo hace la caza. Los animales marinos son fundamentales, pero lo complementan con la caza de mamíferos terrestres y recolección de frutos. Se relacionan con los pueblos neolíticos, pero sobre todo entre ellos. Crean una especie de cultura común, aunque lejos de una unidad política. En este contexto, ciertos sitios ganan presencia como ancla identitaria. Es probable que sirvan además para rituales, pero ante todo son lugares de paso que recuerdan, generación tras generación, los puntos ideales de caza.
Los pueblos balleneros de Bangucheon dejaron tras de sí enormes concheros característicos de su actividad recurrente y restos de campamentos entre los que se encontraron herramientas y restos de cerámica. Esta identifica a los grupos como herederos de los grupos Yunggimun, aunque su estilo es más sencillo. El legado más conocido son los petroglifos entre los meandros del arroyo Bangucheon, cerca de su desembocadura, en un zona caracterizada por sus verticales paredes rocosas. Los pueblos balleneros encontraron aquí enormes lienzos ideales para reflejar su visión. No fueron los únicos, porque los agricultores de la Edad de Bronce posterior e incluso miembros del reino de Silla, uno de los tres que supuso el germen de la unidad coreana, también dejaron su marca. Juntos forman un collage de motivos superpuestos que los investigadores han ido identificando y aclarando desde 1970. Como en muchas ocasiones, el descubrimiento fue totalmente casual: un arqueólogo, Jeon Kyung-soo, estaba trabajando en la zona cuando se percató de que ciertas incisiones en la roca mostraban múltiples motivos.
El problema es que el arroyo se había embalsado unos años antes, de forma que periódicamente los petroglifos quedaban bajo el agua acelerando su erosión. Tras años de investigaciones y campañas, se ha logrado que los dos paneles principales estén a salvo al controlar el nivel del agua. Separados apenas kilómetro y medio, los paneles son Daegok-ri y Cheonjeon-ri. El primero, también llamado Bangudae, es el panel de petroglifos más extenso de la península coreana gracias a sus treinta metros de longitud con más de 300 motivos. Es el más famoso gracias a albergar los principales motivos relacionados con el proceso de la caza de las ballenas. Están junto a imágenes antropomórficas, de herramientas y animales salvajes marinos y terrestres. Cheonjeon-ri es el complemento en todos los sentidos. Primero porque cubre un espectro temporal mucho más amplio al tener muestras posteriores. También en cuanto a los motivos, siendo la mayor parte geométricos, además de caracteres chinos del periodo Silla.
Los petroglifos de Bangucheon son una actividad turística muy habitual para la ciudad de Ulsan, a poco más de media hora del punto de partida de las excursiones. Estas suelen arrancar en el Museo de Petroglifos de Ulsan, donde podemos ver una introducción completa de lo que vamos a ver. Es posible caminar a los dos sitios, pero si vamos justos de tiempo, el de Daegok-ri está solo a dos kilómetros del museo. Por motivos de conservación hay que situarse en una plataforma de observación situada en la orilla opuesta. Para el de Cheonjeon-ri hay una pasarela que nos deja más cerca. En ambos casos el acceso es gratuito. Si nos quedamos con ganas de más también está cerca el Museo Ulsan Daegok, que abarca la historia regional más allá del periodo prehistórico. Ulsan no es una de las ciudades más turísticas de Corea del Sur, pero cerca de los petroglifos también hay un relevante monasterio budista sansa, el de Tongdosa.
Fotos: Ulsan Metropolitan City / Seo Heun-kang



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