Pasado lujoso
La historia del comercio en el mundo vivió un hito cuando se acuñaron las primeras monedas. No todo lo anterior era trueque, pero los métodos de intercambio basados en metales escasos requerían de confianza mutua en la pureza y peso del metal, cuestiones que además enlentecían el proceso, que se reservaba para grandes intercambios. Las monedas acuñadas trasladaban esta confianza al reino, que mediante su sello garantizaban una actividad comercial que se multiplicó tras esta innovación. Los responsables de este impulso a finales del siglo VII a.C. fueron los lidios, uno de tantos reinos de la Anatolia occidental. El electro, una aleación de plata y oro muy específica en sus ríos, fue el metal elegido. Acuñaban las monedas controlando peso y pureza y las marcaban con un león para garantizar su uso homogéneo en todo el reino. Controlados poco después por los persas, los lidios tuvieron su capital en Sardis, cerca de la cual están los túmulos reales de Bin Tepe.
Conocidos desde tiempos asirios, los lidios toman forma durante el segundo milenio a.C., aunque como reino hay que esperar a la dinastía Heraclida. En el VII a.C. acuñaron la moneda en plena expansión bajo los Mermnada, especialmente bajo el rey Creso. Es una época en la que Lidia mira de frente a las polis griegas, varias de las cuales caen bajo su influencia de elitismo y lujo. Sin embargo, en el 546 a.C. los lidios no resisten el paso de los persas, que encabezados por Ciro el Grande controlan la región y los condenan a un olvido relativo pese a que mantienen una amplia autonomía y siguen prosperando. Su identidad se va diluyendo paulatinamente, sobre todo en tiempos romanos. Este pasado se desvela especialmente en su capital, Sardis. Esta amalgama de restos y etapas fue objeto de investigación desde la identificación de la ciudad en el siglo XIX, cuando se iniciaron las primeras excavaciones.
A partir de 1910, un equipo estadounidense identificó los distintos estratos de Sardis, que cuentan una historia de continuidad cultural y lenta evolución. La ciudad como tal parece surgir a mediados del segundo milenio a.C., aunque su impulso se lo debe a la dinastía Heraclida, inicio de un apogeo que la convirtió en una de las ciudades más ricas del mundo. Ellos y sus herederos llenan la necrópolis real de Bin Tepe, que acumula más de un centenar de túmulos. Su relevancia comercial y militar continuó bajo dominio persa y helenístico. En el año 17 d.C., la ciudad vivió un terremoto que tiró abajo la mayor parte de la ciudad, lo que supuso un rediseño bajo dominio romano y la construcción de grandes complejos como los baños públicos. En tiempos bizantinos, la inestabilidad política y nuevos seísmos iniciaron un declive que se finiquitó en el siglo XV tras un devastador ataque de Tamerlán, cuando Sardis fue abandonada.
Lo más visible en Sardis es la etapa romana, aunque la relevancia histórica pone el acento en épocas anteriores. En este sentido, la acrópolis lidia diseñada en terrazas con los restos de los palacios reales y sus gruesas fortificaciones es, junto al barrio lidio, lo mejor que podemos encontrar. Aquí podemos distinguir estratigrafía completa, además de restos de casas y talleres de metalurgia y cerámica. Posteriores son los restos del templo helenístico de Artemisa y especialmente el conjunto de baños y gimnasio romanos, uno de los complejos de este tipo más grandes. Construido entre los siglos II y III, destaca su imponente fachada columnada. También está la sinagoga de Sardis, una de las más grandes del mundo romano que conserva mosaicos e inscripciones. Entren los túmulos de la necrópolis de Bin Tepe destaca el de Alyattes, de 300 metros de diámetro y 63 de altura. Las cámaras funerarias, de piedra o madera, fueron saqueadas en el pasado aunque se han encontrado restos menores.
Sardis se encuentra a poco más de una hora de Esmirna, por lo que es ideal como visita de día. También tiene mucho sentido hacer parada si estamos en el trayecto entre esta ciudad costera y la zona de Pamukkale. La visita al sitio se inicia por el complejo de baños romanos, donde vemos las principales estructuras en pie y un modesto museo. Hay que volver al coche para acercarse al templo de Artemisa, donde podemos iniciar una caminata que nos lleve a lo alto de la acrópolis lidia entre campos de cultivo. Esta parte es más paisajística porque los restos son difusos y escasos. Algo similar ocurre con Bin Tepe, donde solo podremos apreciar el paisaje al no poder acceder a ningún túmulo. Estos se encuentran unos kilómetros al oeste de Sardis y se pueden apreciar desde la carretera. Es una zona muy calurosa en verano, cuando conviene ir preparado.
Fotos: Carole Raddato / Volker Höhfeld



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